lunes, 8 de noviembre de 2010

Bandera, bandera, bandera

Recuerdo que en mi colegio las monjas josefinas todos los lunes nos hacían formar en filas cuasi militares en el patio a jurar las dos banderas, cantar sus himnos y por último cantar el alegre himno dedicado a las aulas carcelarias instauradas en 1930 en las lomas de San Germán. “Yo lo llevo grabado en mi pecho”, y nos dábamos un puño en el corazón, a lo cual recibíamos el primer regaño del lunes. Esto vino a mi recuerdo ante la controversia suscitada por el representante novoprogresista, David Bonilla y su defensa de la bandera estadounidense, muchas veces denominada en nuestro archipiélago como “la pecosa”.
¿Por qué “pecosa”? Sencillo, porque sus 50 estrellas en el rectángulo parecen pequeñas pecas en comparación con la única estrella sobre el triángulo de nuestra bandera (que a algún americano se le podría ocurrir decir que es la bandera con un barrito). O sea, que denominar “pecosa” a la bandera estadounidense en el lenguaje popular puertorriqueño hace alusión a que es una bandera multiestrellada. Esto por más que se quiera buscar las cinco patas al gato no representa ofensa alguna al símbolo tejido en tela. ¿Acaso es malo ser pecoso en un país como Puerto Rico? Podría ser. Yendo al grano, su cólera sólo refleja su falta de comprensión y de análisis de nuestro lenguaje popular. Su lanzamiento al estrellato legislativo defendiendo de tan grave ofensa a la bandera estadounidense fue completamente desafortunado. Además, puede interpretarse como parte del retrato del colonizado queriendo asumir una defensa que ni los mismos estadounidenses se molestarían en asumir[1] ante tal epíteto o caracterización; y también representa desconocimiento incluso de la cultura popular estadounidense donde se le conoce como “la bandera de las franjas y las estrellas”. Para nosotros podría ser la bandera de las franjas y las pecas.


Su falta de comprensión de los fenómenos del lenguaje popular puertorriqueño es un síntoma de su ser y pensar colonizado. Ojalá llegue el día en que un anexionista pueda en vez de tener que recordarle a sus compañeros que un familiar suyo ha muerto en un conflicto armado (que lamentablemente ya son  demasiados los puertorriqueños muertos de esa forma, víctimas de un sistema colonial y militarista) en el que los Estados Unidos participa, tenga la misma valentía de exigir un retorno de todos los soldados, tenga la valentía de exigir el cese de los conflictos en el que participa su tan querida nación de forma ilegal y tenga el coraje de enfrentarse al Congreso de los Estados Unidos alzando la voz y tirando papeles para exigir la descolonización de nuestras islas.

Espero también que un día los anexionistas y autonomistas de nuestro país, en vez de estar denominando "días de muñecas" o "días del buen trato", redacten y aprueben una tan necesaria Ley de Memoria Histórica. Más que pedir disculpas a nombre de ese cuerpo, por ejemplo, por haber aprobado leyes como la Ley de la Mordaza (#53 de 1948), se necesita reconocer y dignificar a aquellos y aquellas que lucharon por mantener nuestra insignia nacional ante el atropello cometido por ese cuerpo cuando se llegó a criminalizar hasta la mera posesión y exhibición de nuestra bandera.

Las banderas en fin son símbolos, normalmente bordados en tela y cada cual debe tener la libertad de defender su interpretación de ese símbolo. Comprendo que el representante anexionista quiera mucho a su bandera “pecosa” y que la defienda ante lo que él interpretó como una grave ofensa. Desde mi perspectiva las banderas también deben respetarse, ya que son el símbolo que representa tanto luchas victoriosas como derrotas colectivas y la identidad. La bandera estadounidense no debe ser la excepción. Ellos también aprecian su bandera como enseña de identidad ante los otros. Lo que sucede es que esta bandera muchas veces no es ni será respetada en otras partes del mundo por lo que ha representado en ocasiones para otros: invasiones, muertes, discrimen, desigualdad, entre otras barbaridades como tortura, violaciones, desprecio hacia lo distinto.... En Puerto Rico, la bandera estadounidense representa colonialismo en todas sus vertientes desde el político, económico, hasta el psicológico. El representante, si quisiera sinceramente a la bandera –y su férrea defensa no fuera un síntoma de un ser colonizado-, reflexionaría sobre la presencia de esa bandera en el cuerpo legislativo y lo que allí simboliza. Se daría cuenta que es una mayor ofensa a los principios que ella representa su mera presencia que la simple alusión del lenguaje popular denominándola “pecosa”.

P.D.:
Yo creo que pocos puertorriqueños pueden decir que no hayan tenido o tengan actualmente un miembro de su familia, ya sea cercana o de la familia extendida, sirviendo en las Fuerzas Armadas de ese país. Mi abuelo, por ejemplo sirvió en el Ejército en la Guerra de Corea (como un jíbaro Borinqueneer más) y, la bandera de los Estados Unidos (esa “pecosa”) le fue entregada a mis familiares cuando falleció en el año 2006. Pero ante este fenómeno presente en las familias puertorriqueñas, sólo nos queda reflexionar en qué formas la situación colonial que sufre Puerto Rico lleva a nuestros familiares a participar en esas Fuerzas Armadas. El militarismo es un fenómeno complejo en nuestra isla, y es un fenómeno que se hace presente desde nuestra educación elemental hasta la superior (para ejemplo, leer esta nota) y parte de la vida cotidiana del país. Por tanto, no pretendí abordar este tema en esta breve entrada. Hice alusión a este fenómeno más bien con el propósito de demostrar que la situación que vivió el representante hace un mes con el fallecimiento de un familiar en combate, no es una situación exclusiva de su familia. Muchos puertorriqueños siguen activos en conflictos armados liderados por Estados Unidos. Pero, ¿qué han hecho los representantes de nuestro país por evitarlo? Nada. Al contrario, en vez de exigir el retorno de los puertorriqueños y estadounidenses en los conflictos, en vez de abogar y enfrentar al Congreso de los Estados Unidos para resolver este problema en lo que se llega a una definición de estatus no territorial y no colonial, lo que hacen es fomentar y apoyar cualquier conflicto armado llevado a cabo por los Estados Unidos.

[1] Esto es lo que popularmente en el lenguaje puertorriqueño denominamos “ser más papista que el papa”.

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