miércoles, 21 de enero de 2026

Groenlandia ante el espejo de Puerto Rico

Como si de un relato de ficción de Borges se tratara, los espejos duplican la realidad a la inversa y nos abren las puertas a lo irreal. La historia, tristemente, como esos espejos, proyecta los desastres de los que somos producto y nos revela que vamos hacia peores desastres. Ante el devenir imperialista, fascistoide y en el que la verdad ya no parece tener sentido alguno, los Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, han enfilado su retórica y cañones hacia la isla de Groenlandia. Así es que Ártico y Caribe, dos mundos en uno -quién lo diría-, se reflejan uno frente al otro como víctimas de la pretensión de poseer y explotar sus territorios para fines militares y económicos.
En ese espejo en el que se miran ambas islas se reflejan destellos del pasado remoto, de lo reciente y algunos matices. Desde el siglo XIX, Groenlandia y Puerto Rico fueron del interés de las las ansias expansionistas de la república del norte. Pero no fue hasta apenas unos años, en agosto de 2020, que Miles Taylor, quien había ejercido como jefe de gabinete en el Departamento de Seguridad Interior (Department of Homeland Security, en inglés), reveló la existencia de un renovado interés, cuando después de los devastadores huracanes Irene y María en septiembre de 2017: “Él [Trump] quería ver si podía vender a Puerto Rico, [o] si podía cambiarlo por Groenlandia, ya que según sus palabras, Puerto Rico era sucio y la gente era pobre. Preguntó Trump, ¿podríamos intercambiar Groenlandia por Puerto Rico?”.
En ese momento, la respuesta de las marionetas de Washington, D.C. en San Juan, respondían como hoy ante las ya más claras intenciones de tomar la isla de Groenlandia por la fuerza o como una transacción entre dos imperios, como lo fue Puerto Rico en el 1898 entre Estados Unidos y España; o sea, con el silencio ensordecedor y lleno de genuflexiones de los cipayos caribeños. Entiéndase toda la claque de la clase política que juega a gestionar la crisis colonial; desde el sátrapa de Rosselló Nevares, pasando por la convicta federal Vázquez Garced, el impostor y abogado de la Junta de Control Fiscal, Pierluisi Urrutia y la trumpista, racista y autoritaria González Colón. Todos ellos con su silencio, ante el desprecio demostrado a la gente de nuestra isla, son cómplices de lo que el megalómano Trump desea hacer con Groenlandia.
Los matices vienen precisamente de ese silencio. En Puerto Rico no hubo una respuesta de sus seudo gobernantes y la opinión pública se hizo eco, como siempre, de la “broma” de aquellas humillantes declaraciones. Hoy, en cambio vemos como en Groenlandia, territorio de Dinamarca (país al cual, dicho sea de paso EE. UU., compró en 1917 las vecinas Indias Occidentales danesas; hoy U.S. Virgin Islands), con un acuerdo de auto gobierno desde 2009, estas declaraciones de Trump respecto a su isla han provocado un nuevo impulso a la aspiración de establecer un estado-nación independiente.
La cláusula territorial de la constitución estadounidense es clara: Puerto Rico es propiedad y no parte de los Estados Unidos. El pueblo groenlandés no desea ser moneda de cambio entre dos imperios y pasar a convertirse en una propiedad de los Estados Unidos y mucho menos en estado de una unión en constante guerra civil como, lamentablemente, prefieren los puertorriqueños. Quizás han aprendido de nosotros lo que no desean ser: una colonia más de los norteamericanos al servicio del complejo industrial extractor de recursos y del aparato militar, como lo demostró ser nuestro territorio el pasado 3 de enero cuando, desde nuestro país, se lanzó un ataque a la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela. Mientras los puertorriqueños prefieren asumir posturas servilistas y escoger a seudo gobernantes con goznes en las espaldas, no he visto a ningún groenlandés darle la bienvenida o asentir con el silencio a las aspiraciones imperiales estadounidenses.

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